Ramtha
Autobiografía de Ramtha
¿Quién es Ramtha?
La Batalla contra el Dios Desconocido
No tuve más profesor que la Naturaleza
Ascensión
¿Quién es Ramtha?
Yo soy Ramtha El Iluminado. Se me conocía como el Ram. Yo
fui el primer conquistador que conoció este plano. Conquisté
tres cuartas partes de tu mundo conocido, entidad. Mi marcha
duró 63 años. Ascendí al nordeste del río Indo, delante de
todas las entidades que eran mi gente, una fuerza de dos
millones de personas. Ahora mi gente forma parte de la
población del Indus, Tibet, Nepal, -y así es en verdad- e
incluso de aquello que se llama el sur de Mongolia. Mi gente
es una mezcla -y así es en verdad- de Lemures y de aquello
que se llama los pueblos de Ionia ¾más tarde llamado
Macedonia¾ y aquello que se llama la gente de tribus,
aquello que se llama-y así fue en verdad- la gente de las
tribus de lo que se llama Atlantia. Mi sangre, entidad, está
en todos ellos.
Yo soy el Ram, entidad, lo que llaman el Dios. Yo fui el
primer Dios que se haya conocido, entidad. Yo fui el primer
hombre que ascendió, entidad. Que nació de mujer y nació de
hombre sobre un plano de consciencia para ascender -y así
fue en verdad- no a partir de la enseñanza de ningún hombre,
sino a partir un entendimiento innato del propósito de la
vida en todas las cosas. Mi ascensión ocurrió hace 35.000
años, según tu entendimiento del calendario. ¿Qué es la
ascensión? Llevar todo lo que soy a la eternidad como el
viento. Si yo hubiera escuchado al hombre, entidad, hubiera
perecido en esa vida. Aquí todos perecen porque saben que lo
harán, y aquí todos viven por las opiniones de todos los
demás; qué locura. Yo aprendí a amarme a mí mismo cuando
estuve contento con algo grande y majestuoso. Aquello en lo
que el hombre se contemple a sí mismo, en su ser, en eso se
convertirá, pues él es el Dios escondido detrás de la
máscara de la humanidad.
La Batalla contra el Dios Desconocido
En mi vida, cuando era un niño pequeño, vi cómo llevaban a
mi madre a las calles y le arrebataban su dulzura. Observé
en mi vida -y así fue- de donde vivíamos y el desprecio que
había a mí alrededor. Y observé cuando tomaron a mi madre;
vi al niño crecer en su vientre y yo sabía quién era. Y
observé a mi madre llorar. ¿Por qué? Eso era muy obvio.
¿Habría otro hermano pequeño en la calle para sufrir al
igual que había sufrido ella en esta tierra prometida?
Observé y ayudé a mi madre a traer al mundo aquello que en
tu idioma se llama una hermana pequeña. Ayudé a mi madre
porque estaba demasiado débil para dar a luz a la niña por
sí sola. Y la niñita llegó al mundo gritando; no era feliz,
era muy obvio. Pero el ser de mi madre pesaba sobre el mío,
pues ella estaba tan débil que no había leche para el
infante que chupaba de su tierno pecho, ya que había pasado
mucha hambre, y así fue en verdad. Y mi hermanita, que
chupaba del pecho de mi madre, estaba muy débil. ¿Por qué,
dices tú, tenemos esto en nuestra vida? Pues somos los
campesinos, somos los insignificantes; somos las
no-entidades de una tierra gobernada.
¿Quién gobernaba esta tierra? Aquellos con medios que nos
hacían vivir en sus tierras y trabajar en sus campos y que
decían que no nos darían ni siquiera un tallo para nuestra
vida. ¿Y qué, dices tú, hacían ellos con estas cosas? Las
guardaban en graneros bajo llave, y he aquí que se
alimentaban con dedos quisquillosos en sus caras
quisquillosas. Y yo te digo que esto era injusticia. ¿Y
quién es este Dios del que ellos han hablado? Estoy enojado,
pues mi madre llora porque no hay leche en sus pechos.
Mendigaba con maña en las calles y mataba perros y aves
salvajes, y tarde en la noche robaba aquello que se llama -y
así fue en verdad- el grano de los propietarios, pues yo
tenía un paso muy hábil sigiloso. Y alimentaba a mi madre,
que a su vez daba de mamar a mi hermana pequeña. Y la
pequeña niña -así fue- se volvió diarreica. No podía retener
lo que entraba en su cuerpo y lo expulsaba rápidamente de su
cuerpo, y perdió toda la vida de su cuerpo. Y así se fueron.
Yo no culpé a mi hermana pequeña por la muerte que pronto le
llegaría a mi amada madre, pues la niña mamaba de mi madre.
Toda su fuerza la entregó a la nueva vida, para que la nueva
vida pudiera continuar. Y mi madre pereció con el bebé en su
pecho. No había nada. No había más. Mi odio por la gente
roja -llamados atlantes- creció en mi ser como una gran
víbora cuando yo no era más que un niño. Y no quedaba nada,
pues a mi hermano se lo llevaron como esclavo a otra ciudad
a merced de un hombre y de su necesidad de lo que se llama
gratificación sexual.
Mi linaje adoraba y amaba aquello que estaba más allá de las
estrellas, más allá de tu luna. Amaban lo que no podía ser
identificado; se llamaba el Dios Desconocido. Cuando era un
niño, no culpé al Dios Desconocido por su incapacidad de
amarme a mí y a mis gentes, a mi madre y a mi pequeña
hermana. No lo culpaba, lo odiaba.
Y en mis tiempos, ninguno de entre mis gentes murió
noblemente. No existía tal cosa como la nobleza, la virtud,
en verdad. Así que encontré una gran montaña que se asomaba
en la distancia, un lugar muy misterioso. Pues si yo pudiera
subir allí me pondría en contacto con el Dios Desconocido
aquí fuera y proclamaría mi odio por él a causa de su
injusticia. Y así empecé mi travesía. Salgo corriendo de lo
que era mi choza y hay una gran montaña a una distancia que
apenas veo. Y mi travesía -y así fue en verdad- ha sido de
90 días. A base de 90 días -así fue en verdad- de devorar
langostas y raíces y cantidades de hormigas, encontré esta
montaña. Si hubiera un Dios, viviría allí por encima de
todos nosotros, así como aquellos que gobernaban nuestra
tierra vivían por encima de nosotros. Y he aquí que lo
busqué. Sin embargo él no estaba ahí, excepto por el gran
frío. Y lloré intensamente hasta que la blancura -y así fue
en verdad- se hizo hielo en mis lágrimas
Yo soy un hombre, ¿por qué no tengo la dignidad de uno? Y he
aquí que se presentó ante mí una doncella encantadora como
nunca has visto, cuyo cabello dorado -y así era en verdad-
danzaba a su alrededor. Y la corona sobre su cabello no era
de azucenas ni de capullos de rosa o de lirios, sino de una
flor no-conocida. Y su ropaje, en verdad, sus vestiduras
eran traslúcidas, suaves y libres. He aquí que se acercó
hasta mí y he aquí que me entregó una gran espada. Ella
cantaba, cantaba. Y sin embargo -y así fue en verdad- hacían
falta cerca de nueve manos para sostener su empuñadura, era
tan grandiosa… Y ella me la dio. Esto es lo que dijo: "Oh,
Ram, oh, Ram te suplico -a ti que has aprendido y despertado
nuestro espíritu de la pena de nuestros seres- la verdad.
Debe haber una verdad que persista en la tierra. Y así tus
oraciones han sido oídas. Tú eres un hombre de recursos y
convicción. Toma esta espada y úsala bien". Y se marchó con
ella misma. Y yo estaba cegado en mi locura y mis ilusiones
por lo que había visto. Y ya no temblé más con el gran frío,
pues allí encontré calor. Y así, cuando miré de nuevo hacia
donde mis lágrimas se habían hecho hielo, ahí crecía una
flor de tan dulce refrán y tal color que yo sabía que la
flor -y así fue en verdad- sería lo que se llama esperanza.
La espada Crosham, la mensajera alada, fue el SER que se
formuló a sí mismo en una aparición de lo más hermosa que me
dio la espada y me dijo: "Ve y conquístate a ti mismo". Y el
resto es historia. ¿No lo ves? No había ninguna entidad que
viviera en aquello que se llama una forma singular que
existe que me dio esa espada. Es la armonía del SER lo que
produjo a la mensajera alada.
Bajé de la montaña con mi gran espada a la choza de mi madre
quien había perecido. ¿Quién era el lactante sobre el pecho
de mi madre? Eras tú, pues tú eres de mi reino y de mi casa
y de mi sueño. Y siendo un niño recogí aquello que se llama
-y así fue en verdad- madera y la amontoné. La puse encima
de mi madre y después me escabullí en la noche y conseguí
aquello que se llama fuego. ¿Sabes lo que es eso? Es un poco
diferente a esto. Lo traje y lo abracé, y dije una magnífica
oración para mi madre y mi hermana pequeña y las amé
inmensamente. Y encendí aquello que se llama la madera, pues
si no lo hacía rápido el hedor que salía de ellas causaría
agitación en el área en la que ellas vivían y para que no
les molestara, las arrojarían al desierto a merced de las
hienas que las despedazarían. Les prendí fuego y las quemé.
Quemé a mi madre y a mi hermana en una pira funeraria y
lloré.
Ahora, de aquello que se llama el resto de la historia, hay
muchos de vosotros que la conocéis bien. Pero lo que me
impulsó a conquistar y a dominar, que era parte de la
emoción de mi alma, fue el deseo de ajustar cuentas. Yo creé
la guerra, en verdad, pues no había facciones guerreras
contra la arrogancia de los atlantes, ninguna. Yo la creé.
Vine de la gran montaña, intimidado por el Dios Desconocido;
se me había dado una espada y se me dijo entonces que me
conquistara a mí mismo. Yo no podía voltear la hoja y
cortarme la cabeza; era demasiado larga. Mis brazos no
alcanzaban -y así era en verdad- aquello que se llama la
envergadura de la espada. Lloré muchísimo pero hallé honor
en mi espada. No siendo ya frágil ni débil de movimiento
corporal, me convertí en un carnero (Ram) en todo el sentido
de la palabra y le hice la guerra a los tiranos de mis
gentes que estaban esclavizados por ellos. Y cuando regresé,
sitié Onai.
No tuve más profesor que la Naturaleza
Al aprender sobre la Fuente, no tuve un maestro que me
enseñara en cuanto a ella o al Padre. Fue una experiencia de
simplicidad que todo el mundo da por hecho -y así es en
verdad- que es un término bueno y apropiado para usar en
esta sociedad. Yo aprendí -y así fue en verdad- del clima.
Yo aprendí -y así fue en verdad- de los días. Aprendí de las
noches, y así fue. Y aprendí, y así fue, de la vida tierna e
insignificante que parece abundar en la faz de la
destrucción y la guerra. El que fue el maestro de mi ser fue
la Fuente.
Al no tener el privilegio, y así fue en verdad, de la
educación y de lo que se llama ciencias, ni el privilegio de
expresarme como un ser humano, fue casi por puro odio, un
dolor inexplicable, desespero y pena por lo que no me
quedaba nada más que desafiar, excepto quizás el raciocinio
que me trajo aquí. Yo no sabía en ese momento que yo mismo
era el raciocinio que me trajo aquí. ¿Ves? Pero como
resultado de eso y aprendiendo en verdad a comprender un
elemento que yo encontré más imponente que el hombre, un
elemento que yo encontré mucho más inteligente que el hombre
-un elemento que yo encontré que podía vivir en coexistencia
pacífica al lado y a pesar del hombre- tiene que ser el Dios
Desconocido.
Y fueron los elementos, querida entidad, los que me
enseñaron. ¿Ves? Y soy muy afortunado por haber sido
instruido por los elementos y haber razonado con ellos. No
había ninguno que me dijera que estaba equivocado. Y los
elementos nunca me enseñaron el fracaso ¿ves? Porque ellos
son constantes. De esa forma aprendí.
Aprendí de algo que es constante, que nunca falla, de algo
que se puede entender fácilmente si el hombre se lo propone.
Y por eso -y así fue en verdad- yo no estaba a merced de la
hipocresía del dogma, ni de las creencias supersticiosas o
de los dioses de múltiples caras, -y así fue en verdad- a
quienes tú estás tratando de complacer, o del estigma -y así
fue en verdad-de que quizás éramos inferiores en perfección
y que nunca podríamos lograrla. Nunca estuve en manos de esa
clase de enseñanza. Por eso fue más fácil para mí hacer, en
mi única existencia, lo que a muchos les ha tomado un
milenio, porque ellos han buscado a Dios en el entendimiento
de otro hombre. Han buscado a Dios en las reglas
gubernamentales, en las reglas eclesiásticas, en la
historia, sobre la cual ni siquiera cuestionan quién la
escribió y porqué. Han basado sus creencias, su
entendimiento, su vida, sus procesos de pensamiento en algo
que vida tras vida tras vida ha demostrado ser un fracaso. Y
no obstante el hombre -así es en verdad- tropieza con su
propio ego alterado, temeroso de admitir que quizás se ha
equivocado, y continúa -y así es en verdad- con la inmutable
hipocresía que sólo conduce a la muerte. Yo fui de lo más
afortunado, entidad. El sol, él nunca me maldijo; la luna
nunca dijo que yo debiera ser de esta manera. El viento
jugueteaba conmigo y me provocaba. Y el rocío y la escarcha,
el olor de la hierba, los insectos de acá para allá y el
canto de un pájaro nocturno son cosas infalibles. Su ciencia
es simple. Y lo maravilloso que yo aprendí de ellos,
entidad, es que ¿sabías que en su firmeza no articulan ni
una palabra? El sol no miró hacia abajo y me dijo: "Ramtha,
tienes que adorarme para poder conocerme." Ni tampoco me
dijo: "Ramtha despierta; es hora de contemplar mi belleza."
Estaba ahí cuando yo lo miraba, ¿ves?
Eso es el principio. Eso nunca te fallará. Eso te enseñará
una verdad más limpia y más clara que cualquier cosa haya
sido escrita por el hombre.
Ascensión
Y llegó un día -y así fue en verdad- cuando fue la hora en
que los días de este viejo hombre, maestro, habían
terminado, que todo lo que me había propuesto cumplir, de
hecho quien yo era, se cumplió. Yo realicé -y así fue en
verdad- mi travesía a través del río llamado Indo. Y allí -y
así fue en verdad- al lado de la montaña llamada Indus,
maestro, viví en comunión con toda mi gente y les imploré
que esta verdad era una verdad; que su guía divina -y así
fue en verdad- no era a través de mí -y así era-, sino a
través de la Fuente que me había creado, tal como los había
creado a ellos. He aquí que para que creyeran -y así fue en
verdad- y para su sorpresa, maestro, me elevé grácilmente
por encima de ellos. Y las mujeres empezaron a gritar
estupefactas, y los hombres -y así fue en verdad- que eran
soldados, dejaron caer sus espadones -y así fue en verdad-
maravillados. Les dije adiós y aprendan, como yo he
aprendido, a llegar a ser lo que yo he llegado a ser, a su
manera.
Cuando quieras ser cualquier cosa que desees ser, alinea tus
pensamientos con ello. En el viento hay un poder que puede
intimidar a un soldado solitario, y tomar la tierra y
aventarla hasta los cielos de un solo soplo. Y sin embargo,
sin embargo, no se le puede poner riendas o esclavizarlo, y
no puede ser -y así es en verdad- el siervo de nada salvo de
sí mismo. Contemplé el movimiento libre del viento y me
convertí en él. Así es como.
La dificultad que todos tienen con este ideal es que siguen
atrapados en la muerte y la vejez. Y están atrapados
tratando de encontrar una máquina que los lleve ahí. Y están
atrapados en complejidades en vez de la simpleza de la línea
que el Padre es. Se hace de manera sencilla, nunca
arduamente. Que así sea. Después de ascender, entidad, fue
entonces cuando supe todo lo quería saber, porque salí de la
densidad de la carne y volví a la fluidez del pensamiento. Y
en ello, entidad, nada me inhibía. Entonces conocí la
constitución estructural de aquello que se llama hombre,
Dios. Pero en ese momento yo no lo sabía. Sólo sabía que
estaba en paz con lo que había hecho y que estaba en paz con
la vida. Entonces dejé que fluyera a través de mí.
Ya no era un bárbaro ignorante. Ya no ansiaba la guerra,
oliendo la batalla. Ya no me estaba -y así fue en verdad-
ansioso, agitado y fatigado. Ya no tenía -y así fue en
verdad- los pensamientos que tienen los hombres. Yo estaba
mucho más allá de eso, yo estaba metido en la vida y en la
maravilla que veía en los cielos día tras día y noche tras
noche. Eso era mi vida. Fue entonces cuando llegó la paz y
fue entonces cuando me volví en uno con el Dios Desconocido;
ya no luchaba con él. Ahora, el que todos sean así de
pacientes en esta vida es una tarea ardua que pedir. Pues
ahora viven muy rápido y mueren muy jóvenes. No saben cómo
vivir porque viven de acuerdo al el tiempo. Tienen que
hacerlo en un cierto perímetro de tiempo o nunca lo
conseguirán. Mientras se sigan sintiendo de esa manera,
nunca lo conseguirán. Sólo habrán vivido por el tiempo y ese
será su logro en esta vida. ¿Entiendes?
Cuando sepas quién eres -y en mi vida me tomó 63 años
aprenderlo- te mirarás a ti mismo y verás inmediatamente
quién ha creado todos los destinos que has vivido por propia
elección. Y toda la infelicidad es por elección propia; y
toda la felicidad es por elección propia. Pero fuiste tú y
nadie más. Cuando puedes hacerte humilde para mirarte a ti
mismo -mirarte, sentirte, y preguntarte a ti mismo por qué,
y luego decir: "Yo sé por qué", y ser razonable contigo
mismo- le has quitado los barrotes a la verdad, que es el
pájaro que se eleva en el cielo llamado felicidad, virtud,
unidad, y paz. Yo dormí en la última parte de mis 63 años de
iluminación. Dormí porque era en un hombre pacífico. Había
llegado a un acuerdo con todas las cosas. Había hecho las
paces con todas las cosas y aprendí a amar y a respetar y a
admirar a mis más grandes adversarios, pues yo era su
amenaza. Aprendí a amarlos porque aprendí a amar aquello
llamado la elegancia llamada Ramtha, en verdad.